Silencio

Abril 28, 2007 at 5:48 pm (Historias)

Paseaba con la mirada perdida en la inmensidad, sus ojos enrojecidos resaltaban su pesado andar… Era una noche muy cerrada, la luna no había salido y la bruma se hacía cada vez mas densa.

Por fin el hombre encontró lo que buscaba un banco humedecido por la niebla, sin reparo alguno el mismo hombre se sentó con la cabeza entre las piernas y su acompasada respiración.

¿Qué diría su mujer cuando lo viese llegar?, o ¿Qué podría hacer para no derrumbarse al ver las tiernas miradas de sus hijos?

Su vida era una constante lucha entre las circunstancias, la pobreza era su único abrigo, un abrigo que más que protegerle lo lanzaba a un foso de agua helada.¡Por qué! ¿Por qué ir a ese casino con la esperanza?, y es más, ¿Por qué confiarse y tirarlo todo por la borda cuando haciendo caso a la voz de su conciencia hoy podría haber llegado a su hogar sin tener que bajar la cabeza.

Los susurros del fracaso lo acosaban en medio de la turbación que sentía por su falta de instinto, por su fallo como ser, por ser tal cual era. Pronto el golpe inaudible de las lágrimas contra el suelo se pudo presenciar en aquella calle que bien podría haberse llamado olvido.

Pasaron las horas y la única farola del paseo estalló sumiendo al hombre en una penumbra sin color… Cuando logró serenarse y recomponerse secó su cara con la manga de la camisa, que ennegrecida por su largo contacto con la calle parecía aullar al compás de su amo, contempló la soledad que le rodeaba y rió silenciosamente mientras la locura empezaba a bailar peligrosas danzas con el pobre desamparado.

De repente, la calma de la noche pareció romperse de nuevo, y en los árboles que estaban detrás del banco pudo oír el crujido de las hojas secas. Pero el hombre no estaba lo suficientemente lúcido como para hacer caso al instinto y, tras una breve exaltación, volvió a sumirse en la autocompasión.

Al cabo de unos minutos, sintió el frío roce de una mano enlutada en guantes asesinos. Quiso gritar, pero solo pudo ahogar un grito tras otro y tras intentar levantarse, el seco sonido de la muerte anunció que el lamento de aquel hombre jamás volvería a ser oído en ninguna parte. Mientras tanto, como si de una obra perfeccionista se tratara, su invitado rodeó el banco manteniendo un armonioso paso. Se sentó al lado del cadáver y encendió un cigarrillo pero no para él, si no para su víctima y para terciar la faena el asesino se levantó lentamente y le coloco el brazo de manera que el cigarrillo encendido se mantuviera.

La imagen era sobrecogedora: un hombre de mediana edad con cierta entrada y alguna que otra cana, con el cuello sobrenaturalmente doblado hacia delante y un cigarrillo encendido en la mano. Su cara no mostraba angustia, solamente sorpresa y quizás alivio por no haber llegado a casa ese día.

Cuando el cigarrillo se consumió por completo, el autor sacó un reloj de bolsillo y quitó el pasamontañas que llevaba, respiró profundamente y abandonó la escena tal y como había llegado, pero esta vez la luz de la farola volvió a brillar como si nada hubiera ocurrido.

Semanas, meses, años, el perfeccionamiento era su condición y así lo había aceptado. Cuando en su más oscura juventud descubrió que no era quien creía ser. A partir de aquel día, en aquel momento en el que la tela de su ilusorio destino se rasgo para dar paso al metálico hilo de su porvenir, se convirtió en un ser errante, atormentado por su educación y sus principios. ¿Qué debía prevalecer? ¿Instinto? No, era demasiado ridículo el instinto nos ha llevado a la tumba en multitud de ocasiones, la humanidad se muere por su instinto egoísta, porqué él también debía hacerlo, entregarse y agonizar conjuntamente con el resto de la sociedad, vivir preso de su necesidad de sangre.

No tenía nombre, Javier le llamaron en su juventud, unos padres que lo adoptaron clandestinamente, otros más del montón, almas frustradas que ante la negativa de sus deseos se veían obligados a dar la espalda a su dignidad para poder alcanzar su sueño, otra justificación para el fin, más medios para la perdición, humanos…

Javier , no era humano, aunque de ellos tuviera demasiado, lo conocían como sonámbulo. El nombre no tiene un origen claro, sólo que se les designó así, erróneamente, por su habilidad para dormir una hora.

No era su única habilidad sin duda, tenían, tienen y quizás tendrán un oído hipersensible  o lo que es lo mismo sólo pueden escuchar sonidos inaudibles para el resto de los seres humanos.

Suelen tener una habilidad extrema a la hora de esconderse y su frialdad despertaría miedo y admiración si nadie fuera el beneficiario.

Pero quizás la facultad que los distingue de los humanos, ya que físicamente son igual que estos y pueden adaptarse a sus horarios nocturnos, es su mente, ahí dentro reside un instinto, una personificación, un terror, la muerte. Tienen una necesidad de sangre que oscila entre las dos y las cuatro semanas, por la cual deben matar a un ser humano o en su defecto a otro de los suyos, aunque suelen preferir los primeros ya que son más débiles.

Sin llegar a entrar en detalle, se dice que es una de las razones por la que son seres solitarios.

Pero no siempre ha sido así, los sonámbulos en multitud de ocasiones, más que en comparación con los humanos, han dado mentes ilustres, brillantes y perfectas. Muchos intentaron vivir con los humanos y contribuir a esa realidad equivocada que se empeñan en calumniar, el progreso, aludiendo a ella de múltiples formas y desvirtuando a la palabra en cuerpo y significado.

Los que menos, intentaron erradicar su instinto asesino, la necesidad de matar humanos, que llevaban dentro, pero jamás consiguieron nada.

Javier, era de estos últimos, sin embargo era el que más había avanzado en el arte y el perfeccionamiento del asesinato, tanto que había logrado aislar, durante más de tres meses, su sed de sangre.

Tiene una difícil explicación, pero el asesinato les genera un placer ilusorio que dura de dos a cuatro semanas, terminado ese periodo su necesidad de sangre vuelve a aflorar.

Fdo:Sam.

Permalink 5 comentarios

Siguiente Página »